Pregunta el mesero al final de la cena si queremos algún licor. “¿Qué whiskey de malta tiene?” –le contestamos. En la lista que recita está el Macallan 12. “¿Cómo lo quieren?” –nos pregunta. “Solo. Y con un agua al lado”. “Ah, lo quieren divorciado.”
Pues sí, divorciado. Así conviene que acabe ese absurdo matrimonio del whiskey y el agua. Cada cosa en su sitio. Beber el wiskey por la ebriedad y el agua para el cuidado del cuerpo. Y no andar engañando con ese quiero y no puedo de una mezcla sin sentido.
viernes 18 de julio de 2008
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