jueves, 24 de julio de 2008

reivindicación de la tortuga

Los semáforos en Morelia, al menos los semáforos a los que he tenido que atender para cruzar la calle Madero o la calle Morelos estos días pasados, tienen un hombrecito luminoso que comienza a andar cuando se pone en verde, mientras en un contador van pasando los segundos que faltan para ponerse en rojo. O eso es lo que uno se espera, sobre todo al ver que el hombrecito acelera su marcha, casi se diría que con gesto asustado, al aparecer el 01.

Pero después, por sorpresa, aparecen dos rayas en los dos lugares para las cifras (como éstas: ––, pero luminosas) que duran una eternidad, mientras el hombrecito sigue corriendo como alma que lleva el diablo, o como Ulises tras la tortuga, viendo cómo el tiempo en alcanzarla se eterniza, cuando parece que ya no queda espacio alguno entre él, de los pies ligeros, y su parsimoniosa contrincante.

Yo también corrí al principio, creyendo que el tiempo se me acababa en los semáforos de Morelia, para descubrir al alcanzar la acera que mi carrera había carecido de sentido ya que los coches seguían detenidos. Pero corrí hasta que dejé de imitar al hombrecito luminoso en su carrera apresurada, supuestamente final, y decidí correr el riesgo de ir a mi ritmo.

No recuerdo lo que dice Augusto Monterroso que sucede cuando la tortuga finalmente llega a la meta, con Aquiles pisándole los talones casi desde siempre, en La oveja negra y demás fábulas, pero sí que entre la lista de “Beneficios y maleficios de Jorge Luis Borges”, incluidos en Movimiento perpetuo, está, y con carácter maléfico, el “deslumbrarse con la fábula de Aquiles y la Tortuga y creer que por ahí va la cosa” –y lo cito textualmente porque tengo ese libro a la mano.

Hace años, le leía una y otra vez a mi hija entonces niña el cuento de Michael Ende Tranquila tragaleguas, la tortuga cabezota, que Ende tituló Tranquilla Trampeltreu, die beharrliche Schildkröte, cosa que no me preocupé de saber entonces. Repetíamos una y otra vez, como quieren tanto los niños, que Tranquila se puso en marcha al saber que el rey de la selva había invitado a su boda a todos los animales “grandes y pequeños, viejos y jóvenes, gordos y delgados, mojados y secos”, y que en su camino pasaba “por campos y pedregueras, por páramos y arboledas, bajo el sol y las estrellas”. Y que no le importaban las risas y las burlas de quienes le decían que nunca llegaría a tiempo, porque, como Tranquila, sabíamos que apresurarse no servía de nada ya que al llegar siempre sería la boda de algún rey, tan efímero, él y su boda, como el anterior, o el siguiente.

Pero, sobre todo cantábamos, “muy despacito y con afán / Tranquila empieza a caminar / porque le gusta tanto andar…”

1 comentario:

Helena dijo...

"Ya lo dije yo siempre, que llegaría a tiempo."