lunes, 23 de junio de 2008

and the music goes 'round my head

Lejos de mis vinilos, me he acostumbrado a escuchar música en el iPod. Sobre todo en los viajes en metro que me llevan desde el apartamento en que estoy viviendo en el sur de México DF hasta el norte, hasta Indios Verdes, la última parada de la línea 3, que atraviesa la ciudad de norte a sur, desde la que aún tengo que tomar un pesero para llegar al Centro de Investigación y de Estudios Avanzados, donde he venido a trabajar por unos meses. Una hora, más o menos, de trayecto.

Pongo el iPod en aleatorio y escucho lo que el azar decide, mientras por mi vagón del metro van pasando los vendedores ambulantes anunciando todo tipo de productos (“en esta ocasión, les traigo a ustedes, un paquete de agujas con el ojo dorado, son sólo diez pesos”, “les ofrezco a ustedes, en esta ocasión, un deuvedé del famoso fotógrafo canadiense..., su precio es de ciento cincuenta pesos, pero yo se los ofrezco por cuarenta...”), y, sobre todo, cds pirateados, que reproducen en un diskman conectado a un altavoz que acarrean en una mochila con rejilla, y anuncian también, cada uno el cd que “en esta ocasión, les traigo a ustedes...”, porque cada vendedor lleva un puñado de ejemplares de un único cd… Sobre ese barullo de voces y músicas variadas y el traquetreo del metro, van desfilando las canciones de mi iPod, “And the music goes ‘round my head … And my life echoes through my brain”, como decían los Easybeats a finales de 1967 –aunque yo no me enterara de que ellos lo habían dicho hasta unos quince o veinte años después cuando compré, no recuerdo si en California o en Canadá, su LP americano Falling off the Edge of the World.

Hace unos días rompí esta costumbre recién adquirida de escuchar en reproducción aleatoria (que, por ejemplo, pudo producir hace poco una de las variaciones Goldberg en versión de Glenn Gould, después de haber pasado por “Poor Side Of Town” de Nick Lowe, “My Foolish Heart” de Tony Bennett con Bill Evans, “I refuse” de Aaliyah, “Un paseo por mi cabeza” de Serpentina y “Tango del Roselló” de Pascal Comelade) para escuchar el disco Canciones de Santiago Auserón con la Original Jazz Orquestra, que acababa de comprar en http://www.lahuellasonora.com/tienda_discografia.php?id=30, la primera vez que compraba un disco en digital. Recién descargado en el iPod subí en el metro rumbo al norte y esta vez seleccioné escuchar el disco completo y en orden, enfrentado a su concepto, y no trenzando sus canciones con otras de la memoria de mi iPod.

El cancionero de Santiago Auserón forma parte de mi vida. No puedo escuchar pues indiferente nuevas versiones. He de confesar que en las canciones que para mí son más entrañables (entrañables porque me hablan, y me han hablado ya durante años, de mí) como “Obstinado en mi error” (¡cuántas veces no habrá venido ese verso a mi cabeza!) o “No más lágrimas” (que tengo pegada a un momento de mi biografía), los arreglos de Enric Palomar, aquí de clásica big band, me acunan, me siento en ellos a gusto, en territorio conocido y apropiado. Tarareo. Otros territorios del recuerdo, “Semilla negra”, canción que da de sí lo que se quiera, “La negra flor” o “El tonto simón”, los siento sometidos a la perturbación de no volver al mismo lugar, tener que acomodarme a que alguien se ha atrevido a cambiarlos (a veces uno tiende a la pereza, y puede no querer hacer el esfuerzo de encontrar su lugar en el territorio nuevo, o, incluso, puede rebelarse: ¿cómo se atreve éste a cambiar mis recuerdos, mis sueños?). Sin embargo, lo nuevo se incrusta en mis recuerdos –aunque, de momento, no tarareo. Tampoco tarareo, pero ni ahora ni en el recuerdo, porque la escucha ha de ser distinta, en las canciones más narrativas, “El Joraique” (dura forma de no dar cuartel al oyente perezoso, empezar el disco con este Joraique), “El canto del gallo”, “Annabel Lee”, cuyos arreglos enlazo en la memoria, ese agarre de la escucha, con los que Jean-Claude Vannier hizo para Gainsbourg, sobre todo, el de Histoire de Melody Nelson, o su propio disco L’enfant assassin des mouches –aunque probablemente no tengan mucho que ver, pero así son los lazos de la memoria.

Y así es la música. Ya lo dice la propia Música, antes de desplegar la alegría y el pesar de Orfeo, su triunfo del Infierno y su fracaso ante sí mismo, en el prologo de L’Orfeo de Monteverdi, que suena mientras escribo (con “la música rodeando mi cabeza y mi vida resonando en mi cerebro”):

Io la Musica son, ch’ai dolci accenti
So far tranquillo ogni turbato core,
Et or di nobil ira et or d’amore
Poss’infiammar le più gelate menti.

[Yo soy la Música, con dulces acentos
Sé calmar los corazones turbados,
Y, ya de noble ira, ya de amor,
Puedo encender las más gélidas mentes.]