domingo, 8 de junio de 2008

voluntad de posible

En Help a él, ese anagrama de El Aleph, pasado por la alucinación psicodélica, escribe Fogwill: “De las doscientas cuarenta mil y pico de armonías posibles para un compás de seis, no menos de tres mil son legítimas; de ellas, unas cien podrán ser justificadamente wagnerianas, y cincuenta son plausibles para un fragmento de Tristán. Sin embargo, Wagner había elegido una. ¿Por qué? ¿Qué es Wagner? Wagner, pienso ahora, es convencer al mundo de que sólo esa combinación es wagneriana”.

Fogwill parece pensar –o al menos es lo que “piensa ahora”, a lo que luego añade que “la noche de aquel sábado no lo pensé así”– que todo está ya previsto, que la lista de posibilidades está cerrada y se trata de encontrar la manera de elegir la adecuada y afirmarla como propia –sí, así, ese soy yo. No, Wagner es ese hacer que algo que antes no era pensado como posible, lo sea, por eso arrebata –pienso yo ahora, mientras escucho el cuarteto de cuerda número 4 de Béla Bártok.

En El Aleph están contenidos, dice Borges, todos los lugares, como todos los instantes están en la eternidad. Georg Cantor eligió precisamente esa letra del alfabeto hebreo, א, aleph, para representar el infinito que él construyó en las matemáticas para dar cuenta de ese fenómeno, inasible por los poderes físicos de los humanos, de la presencia actual del infinito, dado de una vez, no pendiente de ser recorrido indefinidamente, sino enumerado de una vez por todas y de golpe.

Maurice Blanchot decía en Le livre à venir, El libro por venir, a propósito de este cuento de Borges, que “l’erreur, le fait d’être en chemin sans pouvoir s’arrêter jamais, change le fini en infini”, pero también decía que ese error, o, mejor, errar, ese estar en camino sin poder detenerse, que cambia lo finito en infinito, era algo propio del “hombre desértico y laberíntico”, no del “hombre comedido y de medida”. El “infinito malo” al que se enfrenta Borges es el único del que los humanos podemos tener experiencia, según Blanchot, excepto en éxtasis, porque “el mundo en que vivimos, y tal como lo vivimos, está acotado, felizmente”.

Hay, sin embargo, mundos posibles en que vivir, que no están acotados, felizmente (y aquí es donde ese adjetivo es adecuado): son los que produce la voluntad de posible, ésa que no se limita a buscar y elegir entre lo pensable, sino que expande el territorio de lo pensable, abre nuevos territorios en la vida, o en la música, o en las matemáticas.

El aleph de Cantor, א, no es ese Aleph en el sótano de la casa de la calle Garay ante el que el lenguaje se desmaya, aunque Cantor le dijera en una carta a Dedekind “lo veo, pero no lo creo”, al atisbar lo que lo llevaría a nombrarlo. Como dijo Nietzsche, y se diría que pensando en las matemáticas: “Se acabó la ficción para nosotros, nosotros calculamos; pero para poder calcular algo, primero hemos de convertirlo en ficción”. El aleph de Cantor es un número, infinito, pero un número, porque es objeto de un cálculo, un cálculo con el infinito que nosotros, matemáticos, podemos hacer porque lo hemos hecho posible, y que nos lleva a tener nuevas experiencias en ese mundo posible, con las que nuestras viejas ideas se ensanchan o se rompen. Dice Borges que el nombre del Aleph, “para la Mengenlehre, es el símbolo de los números transfinitos, en los que el todo no es mayor que alguna de las partes”, haciendo referencia con Mengenlehre a la teoría de conjuntos infinitos de Cantor, que Cantor denominó así. Lo que Borges no dice es que el infinito dominado por el lenguaje de Cantor ya no está solo, sino que se despliega en una serie de infinitos distintos, en un sentido que el cálculo establece, que Cantor escribió, todos, con la letra aleph y los números naturales como subíndices. Infinitos alephs ante los que el lenguaje matemático no se desmaya. Tenía razón Borges cuando decía creer que “el Aleph de la calle Garay era un falso Aleph”, por más motivos de los que él aduce.